OPINION SALUD Y SANIDAD

Sanidad Pública y elecciones

Foto: Nacho Celaya
 

El lunes por la tarde me tuve que acercar a urgencias del Servet, por un tema muy molesto, pero para nada preocupante. Estaba en la zona de trauma y en una tarde lluviosa y como en un baile perfectamente construido, entraban y salían las camas en la sala de espera... Una vez que habías pasado el triaje, esperando la radiografía o el scanner. También mucha gente en silla de ruedas... Todo el mundo amable, resignado y creo que feliz, de sentir que una sociedad como la nuestra es capaz de organizar la compleja y carísima sanidad pública, que jamás —en lo importante— permite que nadie se quede sin atención.

Desde que llegué hasta que me fui con el parte de alta, pasaron tres horas... En ellas te toca esperar, luego te pasan al triaje, a continuación te atiende por primera vez la médico de urgencias, posteriormente te hacen radiografías... Estas pasan a los traumatólogos de urgencias y al final le llegan a la médico que conocí esa tarde y que de manera profesional, magnífica y cuidadora me habló de lo que me pasaba... Del tratamiento y con una sonrisa, me dejó marchar. Un tiempo sensato y estupendamente aprovechado.

Ahí se quedaron José, Ludmila, María... Vidas e historias cotidianas, de las que estoy convencido que Azcón no tiene ningún interés y creo, sinceramente, que no podría aguantar ni 5 minutos, sintiendo el olor a noble humanidad, el calor y la bondad del pueblo llano, con unos pijamas azules que son el garante de la igualdad. Uno/a, en la vida, puede lamentarse cuando le toca pasar por situaciones difíciles... Y lo entiendo. ¡Cómo no! Pero si no somos capaces de entender que las decisiones políticas son complejas, muy complejas.

Que el hacerse cargo de una tragedia, intentando que todas las administraciones y entidades trabajen coordinadas, es un esfuerzo titánico... Cómo vamos a entender, adolescentes mal criados y clientes irredentos, la complejidad de gestionar un hospital... Y, cómo no vamos a jugar, preñados de frivolidad, con el descrédito de una sanidad pública que, junto a la educación, es la seña de identidad de una sociedad democrática.

La casa grande era un hervidero de profesionales: médicos/as, enfermeras, técnicos superiores, personal de limpieza, personal auxiliar, enfermos, familiares... Una comunidad que —como un "hormiguero" de personas— cada cual a su tarea, va resolviendo sin prisa, pero sin pausa, las diferentes realidades que cada día dibujan un mosaico de necesidades que se van cubriendo con una profesionalidad digna de elogio.

Política digna y de altura... Mientras Azcón apoya la privada y antes de que inaugure, ya tienen hechos los accesos... ¡Como Dios manda! Mientras tanto, a la gente humilde se les convence de que por 29 euros, desde la privada, les van a atender con dignidad. ¡Ingenua ciudadanía! Se niegan a pagar impuestos y se dejan atrapar por la codicia y la mentira del negocio.

Mientras tanto... Esas empresas privadas, como ocurrió en Madrid y como ocurre en todos los sitios, se reúnen colocando el beneficio en el frontispicio de sus intereses e intentan atender —siempre— aquello que le reportan mayor cantidad de dinero a ganar. Eso sí, cuando llega la vida y te golpea en serio, resulta que la privada lo que te ocurre a ti, no lo atiende... O como solo pagas un mínimo, pasas a la segunda fila, hasta que cuando se acerca la posibilidad del dolor extremo que te acerca a la muerte, acudes solícito a la pública. Allí, sin pagar ni un euro, se salvan vidas, se posibilita la investigación y hace que España, a pesar de las dificultades actuales y de la pandemia, figure siempre entre las mejores en sanidad pública del mundo.

Ya sé que lo habrás oído muchas veces, pero hasta los famosos ricachones, cuando tienen un cáncer en Estados Unidos, tienen que hipotecar sus casas y dedicar toda su fortuna a que les puedan atender, eso sí, siempre desfilando por alfombras rojas.

Yo, maldigo a los que defienden la sanidad privada. Yo, maldigo a los que permiten que funcionarios públicos compaginen su trabajo con la sanidad privada. Yo, maldigo a los que apuestan porque se disminuyan los impuestos, porque quieren vaciar la caja de la seguridad social... Robando el sueño de una pensión justa a todos los ciudadanos que solo podrán resolver, acudiendo a los fondos de inversiones privados.

Yo, maldigo a los poderosos que lo tenéis todo, a los que podéis y decidís levantar el teléfono y encontrar un traumatólogo, una anestesista o un cirujano que te atiende inmediatamente, sin pasar por la "indignidad" de la espera. Cómo cambia la vida cuando estás en la élite. Yo, maldigo la desigualdad y creo que los impuestos que permiten construir arquitecturas sociales complejas, como la sanidad pública y la escuela pública, merecen el mayor respeto, mimo y cuidado de esta sociedad.

Estamos acostumbrados a entregar medallas militares, honores militares, desfiles militares... Y también estamos acostumbrados a ver procesiones de la Iglesia, como si la Iglesia y el ejército se hubieran convertido en las instituciones más importantes de nuestro país. Yo me quedo con la sanidad, me quedo con la escuela pública, me quedo con los cuidados ciudadanos, me quedo con los barrios, los bomberos, los geólogos, limpiadoras, los músicos, los poetas, los investigadores...

... Y paso de los toreros, los jetas —que también los hay en la función pública— y todos aquellos que nunca en su vida han entendido que no hay nada más bonito en la vida que poder dedicarte a hacer mejor tu país. Maldigo a tanto patriota de pacotilla, que se aprovechan de sus banderas mentirosas, del miedo, del bulo y de sus mitos recalcitrantes... Alabando a un rey emérito, que es un corrupto, y a una justicia que no hemos logrado sacar del pozo del franquismo.

8 de febrero. Elecciones autonómicas. Todos y todas a votar. Gracias a la sanidad pública.