COMUNICACION OPINION

La adicción del globo ocular

Primero se propicia la epidemia y después se busca la salida a la adicción. Pasó en Estados Unidos con la masiva distribución de opiáceos, que están en el origen de la brutal epidemia de heroína, y está pasando ahora con los planificadores del control de la mente, las plataformas tecnológicas que desde Silicon Valley están expandiendo la epidemia de las pantallas.

FUENTE: BLOG LA CARRETERA

Análisis y reflexiones de un caminante

Plácido Díez

Primero se propicia la epidemia y después se busca la salida a la adicción. Pasó en Estados Unidos con la masiva distribución de opiáceos, que están en el origen de la brutal epidemia de heroína, y está pasando ahora con los planificadores del control de la mente, las plataformas tecnológicas que desde Silicon Valley están expandiendo la epidemia de las pantallas.

La diferencia es que socialmente está mal visto estar enganchado a la heroína pero no a la tecnología que está mucho más extendida y avanza más silenciosa (basta con que recordemos las veces que contestamos ansiosamente mensajes desde el ascensor, o mientras comemos o cenamos en familia o con amigos, e incluso cuando conducimos).

El psicólogo Adam Alter, profesor de márquetin en la escuela de negocios de la Universidad de Nueva York y autor del libro “Irresistible”, ha calificado de epidemia completa el estado actual de obsesión tecnológica en el que a las grandes compañías lo que les importa es innovar para tratar de evitar que el usario se vaya y diseñar para ello cada detalle, cada anzuelo en los contenidos, como el botón “me gusta”.

Propone que debería haber cursos sobre cómo interactuar con la tecnología y recuerda, aviso para navegantes, que hay colegios en Silicon Valley libres de tecnología donde estudian precisamente muchos hijos de los ejecutivos de las tecnológicas.

La motivación de las compañías siempre es la misma: primar los intereses económicos, los beneficios son por partida doble, y el control de los ciudadanos bajo los falsos ideales de autonomía y poder de decisión individual.

Convertir al ciudadano en un cliente, en un producto, cuyo tiempo y privacidad se vende a los anunciantes y a los grupos de presión electorales, al que la dopamina anticipa en las redes sociales las emociones y el placer del protagonista activo e influyente en la creación de la opinión pública cuando la realidad es que, en la mayoría de las ocasiones, se está moviendo en un entorno tribal y en una caja de resonancia/autoafirmación de su visión del mundo.

El principal valor es el eyetime, el tiempo diario que fijamos nuestros globos oculares en las pantallas de esta o aquella red social, de esta o aquella aplicación o interface o dispositivo, que deliberadamente potencian ciertos conocimientos humanos –el principal seguir desplazándonos, seguir enganchados sin parar- mientras relegan otros como la reflexión, el transmitir pensativo y las ideas matizadas. Nos seleccionan los videos que tenemos que ver, las mejores historias y amigos que aparecen en la parte superior de nuestro Face para fidelizarnos desde las emociones.

Su modelo de negocio consiste en vender nuestra atención y acceder a datos personales para anunciantes y, por ejemplo, como sucedió con Cambridge Analytica , para directores de campañas electorales. Es decir, que no somos consumidores de Facebook o Google, somos el producto que está siendo vendido.

Al final, pasamos horas con ellos, tiene las mejores bases de datos sociales, pero no sabemos qué hacen con ellos, cómo cambia el cerebro de los niños o cómo surgen las depresiones, porque los analizan a nuestras espaldas, sin transparencia alguna, como apunta en Time el psicólogo de la Universidad de Oxford Adam Przybylski.

En uno de los últimos números de la revista “Time”, Haley Swettland Edwards descubre a un grupo de ingenieros neurocientíficos que desde un garaje en unos bloques de California´s Venice Beach dirigen una empresa, Boundless mind (Mente sin límites), cuya finalidad es desbaratar la adicción a la tecnología facilitando herramientas para salir de los opioides que nos controlan la mente. Su punto de partida es que antes eran los patógenos y los coches los que nos mataban, y ahora son las hamburgueserías y las redes sociales.

En Estados Unidos, según los datos que se facilitan en el reportaje, los ciudadanos dedican a las pantallas 5 horas diarias de media. Cada día consultan sus teléfonos inteligentes una media de 47 veces, cada 19 minutos del tiempo que están despiertos. La pregunta que surge es ¿qué consecuencias tiene para los cerebros de chicos y adolescentes, y para las instituciones democráticas, todo ese tiempo fijando el globo ocular en el resplandor plateado del smartphone?

Más datos. El 45 por ciento de los niños de 10 a 12 años tienen su propio teléfono inteligente lo que ha acarreado que un 58 por ciento de los padres están preocupados por la adicción de sus hijos a estos dispositivos. Un 89 por ciento consultan sus teléfonos inteligentes durante la primera hora después de despertarse (también hay que considerar los que lo hacen también a lo largo de la noche si se desvelan o tienen que ir al baño). Y, finalmente, solo la cuarta parte de los usuarios de smartphone desconectan periódicamente y el 91 por ciento aceptan las condiciones y términos legales on line sin leerlos.

Un estudio de la Universidad de Texas concluyó que la mera presencia de nuestros teléfonos inteligentes en nuestra mesa de trabajo rebaja nuestra habilidad para realizar tareas cognitivas básicas. El 65 por ciento de los consultados por la American Psychological Association creen que desconectar periódicamente mejoraría nuestra salud mental.

Escépticos ante las técnicas para frenar el uso del smartphone con teléfonos denominados tontos, de solo llamadas, o prohibiendo los correos electrónicos fuera de horas que no sean de emergencia, los de Boundless mind, solo 10 empleados, 14 clientes y una facturación de 1,5 millones de dólares durante 2015, quieren responder al fuego con fuego canalizando el poder de las tecnologías persuasivas para maximizar el tiempo del globo ocular utilizándolo para promover una saludable y democrática sociedad. En definitiva, una propuesta provocativa para comunicarnos mejor y estructurar nuestro cerebro para ser quienes queremos ser.

Los ingenieros de la “Mente sin límites” están en un programa de neurociencia de la University of Southern California para graduados neuroinformáticos y neuroeconomistas y recuerdan mucho a Bitbrainuna empresa aragonesa que nació hace ya varios años en la Universidad de Zaragoza, fundada por María López y Javier Mínguez, que mide las emociones con neurotecnología, que tenía 16 trabajadores y facturaba un millón de euros en 2015, y que fue la primera del mundo en controlar un robot con la mente.

Bitbrain deslumbró el pasado mes de enero en el último Consumer Electronic Show de Las Vegas con una tecnología única en el mundo para Nissan que permite leer el cerebro del conductor y predecir sus acciones ante un imprevisto por ejemplo lo que permite que los sistemas puedan tomar medidas como girar el volante o ralentizar el automóvil.

También, en la línea de lo que proponen los ingenieros californianos sobre el regalo de poder controlar nuestras mentes para mejorar la sociedad, tienen una línea de salud y bienestar, Brain Up, y la tecnología Elevvo que a base de interfaces cerebro-computador, y a modo de gimnasio mental, permite combatir el deterioro cognitivo, optimizar la memoria, la atención sostenida y la velocidad de procesamiento.

La adicción a las pantallas, a las tecnologías persuasivas, puede ser una amenaza para las sociedades abiertas porque puede llegar a secuestrar y programar los cerebros haciéndolos más intransigentes, dogmáticos y testarudos. Es lo que se denomina efecto caja de resonancia que, en vez de abrirnos, nos encierra en nuestra tribu.

Las señales que la detectan, según el psicólogo Adam Alter, son sociales, comprometen las relaciones, financieras, acaban costando más dinero del pensado, físicas, pueden ocasionar accidentes por la pérdida de atención o porque no se hace ejercicio y, finalmente, psicológicas, a la hora de afrontar el aburrimiento el teléfono está ocupando cada segundo que tienes libre.

Alter concluye que la saturación de tecnología, nuestras vidas están llenas de pantallas, nos hace menos felices como comunidad: “Si dedicamos menos tiempo a las cosas que nos hacen humanos, y nos pasamos las 4 o 5 horas que tenemos libres al teléfono haciendo lo mismo, nos volvemos homogéneos. Necesitamos dedicar ese tiempo libre a nuestras aficiones, a hacer deporte, a pasear por la naturaleza, a conversar cara a cara. Es vital para el desarrollo de las personas”.

 

 

Plácido Díez

Plácido Díez

Plácido Díez es licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) en 1981. Sus primeros pasos los dio, aún como estudiante de periodismo, como colaborador del Diario de Teruel (1976-1978) y posteriormente como redactor y reportero de la revista Andalán (1980-1982).

Ya como periodista titulado su trayectoria ha sido amplia y variada, siempre en medios de información aragonesesː

Redactor del diario El Día de Aragón desde 1982 y director de 1987 a 1990.
Director adjunto del diario El Periódico de Aragón, de 1990 a 1992.
Redactor Jefe del programa de televisión Línea América coproducido por la Agencia EFE y Manuel Campo Vidal. Realizado desde España para Hispanoamérica coincidiendo con los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla, de 1992 a 1994.
Corresponsal del diario El Mundo en Aragón, 1994.
Jefe de Prensa de la Diputación General de Aragón, de 1995 a 1997.
Director de Informativos y Contenidos de Cadena SER Aragón y conductor del programa La Rebotica de la misma emisora, de 1997 a 2013.
Director de comunicación del Ayuntamiento de Zaragoza de 2014 a 2015
​Actualmente es técnico de comunicación de Cuarto Espacio, unidad de la Diputación de Zaragoza de apoyo a los pequeños municipios de la provincia y lucha contra la despoblación, desde 2015; contertulio de Mesa de Redacción, de Zaragoza TV, así como colaborador en Localia TV y colaborador del medio digital Eldiario.es en Aragón.